miércoles, 26 de diciembre de 2018

Más allá de Facebook e Instagram: ¿Por qué se censura el cuerpo femenino?


Pixon Project denuncia, con ironía, lo absurdo de censurar los pezones femeninos. MANUEL CEBALLOS
Claudia jugó con los límites de Instagram... y perdió. O perdió a medias, porque encontró un nuevo enfoque para su arte. Eso, y una comunidad entera de creadores que han convertido las redes sociales en su campo de batalla en la lucha contra la censura del cuerpo. Del femenino, sobre todo. Porque en Internet, el paraíso de la pornografía gratuita y accesible para cualquiera con una conexión, el desnudo de la mujer sigue siendo tabú, y el castigo consiste en eliminarlo.
Hay anacronismos que surgen de otros anacronismos. Si lo de quemar sujetadores nos suena muy sesentero, que esa imagen naciera de una de esas fake news tan siglo XXI no es menos chocante. 7 de septiembre, año 1968, un grupo de mujeres se manifiesta a las puertas del centro de convenciones de Atlantic City. Dentro se celebra el certamen de Miss América. En plena explosión de la llamada Segunda Ola Feminista, la traca final de la protesta prometía ser una gran pira en la que se quemaran los "instrumentos de tortura contra la mujer", con el sujetador como eje central. Se amontonaron cientos de sostenes, se tiraron a los cubos de basura situados en el centro de la protesta... pero el fuego nunca se produjo.
La (no) imagen fue tan potente que se convirtió en símbolo. Una joven reportera del New York Post, Lindsy Van Gelder, mencionó la hoguera de sujetadores en una columna, más como un deseo que como una realidad, pero el suceso caló y los medios replicaron la noticia falsa en grandes titulares. Había nacido un mito, y medio siglo más tarde el pecho de la mujer sigue siendo el arma predilecta de la lucha feminista, y su peor enemigo, la censura.
Un sábado de marzo, la artista valenciana Claudia Sahuquillo amaneció sin cuenta de Instagram. Ningún aviso, sólo un mensaje en la pantalla: "Se ha desactivado tu cuenta porque infringe nuestras condiciones". Casi 80.000 seguidores a la basura de un momento a otro. Su proyecto #SkinIsTheNewCanvas convertía efectivamente el cuerpo desnudo de la mujer en su lienzo. Y sí, las fotos mostraban pezones. Pintados, pero pezones. Recuperó su perfil el lunes después de justificar, a través de un formulario, que en lo suyo no había pornografía, sino todo lo contrario. Igual que se fue, volvió. Pero a ella el susto sólo le confirmó que lo que hacía tenía sentido.
"Lo que hago es dibujo y pintura, pero también revolución, porque lo que pinto son cuerpos prohibidos", afirma. Sus modelos son siempre mujeres, porque "¿cuál es el punto de que un hombre muestre lo que ya puede mostrar?". Bordear los límites para evitar la censura llega en ocasiones a lo surrealista: "El problema son los pezones, o más bien cómo cubrirlos: si los pinto de tonos rosas, la foto desaparece; con el resto de colores no suele haber problemas". Así que el bodypainting de Claudia está hoy lleno de trampas, algunas motivadas por la propia autocensura de la artista.
De la desnudez como acto subversivo sabe mucho el granadino Manuel Ceballos, autor de Pixon Project, una especie de Free the Nipple español que, adivine, Instagram ha cerrado ya tres veces desde que naciera, hace dos años. El truco es sencillo: se pixela todo excepto el pezón, a ver qué pasa; lo que pasa, en cambio, es algo más complejo. "Las compañías que están detrás de las redes sociales cada vez utilizan más mecanismos para controlar y segmentar a sus usuarios con fines comerciales, a costa de limitar sus libertades y privacidad. Y de esto, o no nos damos cuenta o simplemente lo aceptamos sin rechistar para no quedarnos fuera de la red social", afirma Ceballos. Para él, censurar el desnudo femenino en Internet es "sólo la punta del iceberg", de un iceberg que tiene su base en el mercado.
"Hay una patente cosificación de la mujeres", argumenta el artista, "el cuerpo femenino es un producto vendible que genera beneficios, por lo tanto, hay que controlarlo. Esto no pasa tanto con los hombres. Y para asegurarse de que esto siga siendo así, el sistema se encarga de marcar esas diferencias incluso desde antes de nacer con 'el rosa y azul'. A partir de ahí, todo se convierte en una lucha a contracorriente si quieres educar en igualdad".
Ceballos recurre, para explicar el círculo de la censura en Internet, a un filósofo francés que murió mucho antes de que la Red siquiera fuera una utopía de futuro. Michel Foucault utilizó el Panóptico de Bentham como modelo para dar explicación a la sociedad moderna: "La idea consistía en una cárcel circular donde los presos saben que son observados desde una torre central, aunque no saben cuándo ni por quien, así que autocensuran su comportamiento", explica, "y esto es lo que está pasando en Instagram".
¿Quién decide cuánta piel se puede ve?
Pixon Project juega con la ironía, incluso aplicada al propio logo de Instagram. MANUEL CEBALLOS
¿Pero quién decide qué se puede enseñar en las redes sociales? ¿Quién marca la línea entre la pornografía y el arte, el activismo o la simple naturaleza? A Lorena Fernández se la conoce "por los caminos de la Red" como Loretahur. Es ingeniera informática, profesora de Identidad Digital en Deusto, y una firme activista por la igualdad entre hombres y mujeres en el colectivo Doce Miradas, donde habla abiertamente de "tecnologías machistas". "Las redes sociales digitales no dejan de ser un fiel reflejo de las analógicas, así que se replican los mismos comportamientos pero con una nueva componente: poder levantar el dedo inquisidor desde el anonimato", afirma. Porque para ella, si el comportamiento de las plataformas es preocupante, no lo es menos el de los internautas.
"Los algoritmos de reconocimiento funcionan con entrenamiento", explica, "se les suele 'adiestrar' previamente con grandes bancos de imágenes, para que sean capaces de identificar patrones. La clave está en saber cuáles son las fuentes de aprendizaje predictivo, porque se producen casos como el de que las máquinas no sean capaces de identificar a hombres cocinando porque en los principales bancos de imágenes de los que se les surte un 77% de las fotos en las que aparecen personas cocinando están protagonizadas por mujeres. O en el ejemplo que nos ocupa, que sólo sean los pezones femeninos los que se categoricen como impúdicos". Precisamente acerca de ese machine learning se ha pronunciado este miércoles Facebook en su conferencia de desarrolladores F8, donde ha anunciado avances en inteligencia artificial para eliminar las "cosas malas" antes incluso de que se produzca una denuncia.
"La cuestión aquí es quién está construyendo la tecnología", asevera la profesora de Identidad Digital, que subraya la importancia de que los equipos que están pensando "la tecnología del futuro" sean diversos. "Si no cuentan con miradas desde diferentes puntos y, por supuesto, con el 50% de la humanidad, no les interpelará esta problemática", esgrime, "el desequilibrio resulta caro socialmente, porque la trayectoria vital de la mujer no se incorpora a las innovaciones". Efectivamente, sólo uno de cada cuatro alumnos matriulados en Ingeniería es mujer, una desigualdad que se traslada a las estructuras empresariales y, por tanto, acaba repercutiendo en la tecnología.
El usuario como vigilante del usuario
Pero además de esas máquinas adiestradas, también hay personas que regulan los contenidos cuando alguien los reporta. Y aquí es donde entra en juego el internauta. Eran 4.500 los moderadores de Facebook el pasado año, que Zuckerberg prometió incrementar en 3.000 más, repartidos por todo el globo para reducir los "falsos positivos", como los define Loretahur. Y aquí "pesa más el chivatazo del resto de la comunidad, que los propios algoritmos". En cualquier caso, toda regulación sigue unas "normas comunitarias" que establece la propia plataforma, y que ha aclarado hace unos días acuciada por las críticas. En el capítulo "desnudos de adultos y actividades sexuales", incluido en el apartado "contenido inaceptable" de su nuevo documento, Facebook basa su política en evitar publicaciones que puedan resultar "sensibles" para algunos usuarios, y añade: "De forma predeterminada eliminamos imágenes sexuales para evitar que se comparta contenido sin permiso o de menores de edad". 
Sin embargo, la empresa de Zuckerberg hace una matización: "Entendemos que las personas comparten desnudos por una variedad de razones, entre ellas, como una forma de protesta, para generar conciencia sobre una causa o por razones educativas o médicas, y aceptamos el contenido cuando dicha intención es evidente", y subraya: "Aunque restringimos las fotos de senos femeninos que muestren el pezón, sí permitimos las que representen actos de protesta, a mujeres amamantando activamente y fotos de cicatrices de mastectomías. También permitimos fotografías de pinturas, esculturas y otras obras de arte donde se muestren figuras desnudas".
El movimiento internacional #FreeTheNipple invita a "liberar el pezón". FREE THE NIPPLE
"La validez de los contenidos que compartimos depende más de la visión subjetiva y manipulada de los usuarios conectados que de un departamento de control de esta red social", apunta Manuel Ceballos, y apunta "una pista" en las normas comunitarias de Instagram , en las que, según él, "se nos invita a vigilar y denunciar": "'Todos y cada uno de nosotros somos una parte importante de la comunidad de Instagram. Si ves algo que consideras que infringe nuestras normas, comunícanoslo utilizando nuestra opción de denuncia".
Como prueba de su teoría, de que "los propios usuarios son los que le hacen el trabajo sucio a Instagram", Ceballos recurre a la propia experiencia: "A la vez que abrí la primera cuenta de Pixon Project, tambien fui colgando las imágenes originales sin pixelar en otra cuenta", cuenta, "con esta segunda cuenta evite toda interacción con la comunidad: ni seguir a otras cuentas, ni dar like a nadie, ni poner tags, sólo subir imágenes". A día de hoy la cuenta que muestra desnudos integrales sin ningún tipo de censura continúa activa, y sin embargo, Pixon Project ya no existe en Instagram.
¿Pero por qué nos molesta ver una teta?
En la respuesta a esta pregunta está la madre del cordero, porque efectivamente, la tecnología no reproduce más que las dinámicas sociales a este lado de la pantalla. A mediados de los 90, el sociólogo francés Jean-Claude Kaufmann decidió explorar el desnudo como objeto de estudio. Para ello, recorrió las playas de la Costa Azul gala preguntando a las mujeres que hacían topless por qué lo hacían. "Les costaba mucho contestar", recuerda, "su decisión había sido intuitiva, no habían pensado demasiado en sus motivaciones, me decían que les habían entrado ganas de repente y me hablaban de 'esas horribles marcas blancas'".
Sin embargo, y tras un rato de conversación, emergían sentimientos más profundos. "El deseo esencial era algo así como parir un cuerpo nuevo, históricamente nuevo", explica el sociólogo, "querían fabricar aquí, en la playa, una gestualidad femenina que rompiera radicalmente con siglos de discreción sumisa, acabar con ese papel de figurantes en segundo plano para mostrar su audacia, su orgullo y su seguridad con la cabeza alta y el cabello al viento". El topless nació en aquella Costa Azul en los 60, la misma costa por la que volvía a pasear, 20 años más tarde, el autor de Cuerpos de mujeres, miradas de hombres: sociología de los senos desnudos para documentar su última obra: Burkini, autopsia de un suceso.
Brigitte Bardot en un fotograma de 'Y Dios creó a la mujer'.
¿Se ha fijado en que últimamente hay menos mujeres que se dejan puesta la parte de arriba del bikini? ¿No le llama la atención que el bañador vuelva a estar de moda? Para Kaufmann, nada de esto es casual, y el motivo principal no está en el pudor de la mujer, sino en los ojos del hombre. Igual que investigó las motivaciones de las mujeres para yacer semidesnudas al borde del mar, el sociólogo también preguntó a los hombres qué efecto producía en ellos estar rodeados de senos descubiertos. Y en aquellas respuestas halló el francés el quid de la evolución social de los roles de género.
"De entrada, a los hombres les parecía estupendo, pero rápidamente se dieron cuenta de que aquello les restaba superioridad y los desestabilizaba en sus proyectos de seducción balnearia", explica. En efecto, no eran pocos los que se mostraban turbados: "¿Cómo iban a ligarse a una chica que se ha quitado el bañador?". El pecho al aire no era seductor, era poderoso, y llegado el nuevo milenio, cuando la mirada hacia el desnudo femenino había cambiado, se había normalizado, la sociedad fue virando hacia un pudor con letra pequeña: "A medida que los cuerpos se iban revistiendo en la playa, las miradas se volvieron a posar sobre ellos, y con esa sugestión, ese imaginar el desnudo, la mujer volvía a su papel de objeto sexual".
El cuerpo como mercancía
Y de aquellos polvos -o arenas-, estos lodos. Porque si Kaufmann advierte que "hay que tomarse la playa muy en serio", no hay que despreciar tampoco Internet como terreno donde se definen roles de género y se establecen patrones sociales. Y todo, al borde del mar o sumergidos en un mar de bits, nos devuelve al mercado. "El cuerpo ya estaba mercantilizado, lo que las nuevas tecnologías han mercantilizado es la imagen, el tiempo, el deseo más íntimo, el trauma personal, la parafilia, las fobias privadas", afirma el filósofo Santiago Alba Rico, autor de Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral), un libro en el que reflexiona sobre nuestra relación con el cuerpo como metáfora de la sociedad. "Solemos manifestar nuestra inquietud ante el hecho de que la esfera pública penetre en nuestra vida privada, pero lo que debe preocuparnos es la invasión de la esfera pública por las vidas privadas".
Para él, "el mercado es básicamente anti puritano: le da igual vender dildos, crucifijos o misiles", y en ese anti puritanismo cabe la misma doble moral o hipocresía que mueve a quienes censuran el pecho desnudo en el paraíso de la pornografía: "Pensemos en el tabaco: hay que vender cada vez más cigarrillos y al mismo tiempo frenar cada vez más su uso". En ese sentido, las redes sociales deben responder a todas las minorías que integran su público: "Las redes, al hacer extensos los mercados y los deseos, constituyen todo lo contrario de una esfera pública; una constelación de minorías irracionales ruidosas".
"El cuerpo del hombre sigue siendo cuerpo; el de la mujer sigue siendo carne", reflexiona Alba Rico, que defiende los riesgos de mirar, a pesar de que siempre haya sido peligroso: "Es mucho más peligroso intentar evitar todos los riesgos". "Empezamos queriendo impedir el acceso de nuestros hijos a la pornografía digital y acabamos impidiéndoles el acceso a nuestros museos", afirma, y finaliza con una reflexión: "Si no hay una forma de conciliar la lucha contra la censura y la lucha contra el machismo es que no hay ninguna forma de hacer realidad el derecho y la democracia".

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