sábado, 8 de junio de 2019

El Supremo lo ha dicho claro en 4 sentencias: no se puede ir desnudo por la calle

El Tribunal Supremo se ha pronunciado del mismo modo en cuatro sentencias de forma rotunda: no se puede ir desnudos por la calles de las ciudades ni en aquellas playas en las que las ordenanzas municipales no lo permitan.

Esa conducta, además, subraya la Sala de lo Contencioso-Administrativo del alto tribunal, «no constituye una manifestación del derecho fundamental a la libertad ideológica», contemplado en el artículo 16 de la Constitución, como han venido manteniendo las organizaciones recurrentes.
El Supremo establece que los Ayuntamientos poseen la capacidad para modificar sus ordenanzas, limitando o prohibiendo el nudismo en sus límites territoriales. O, dicho de otra manera, los ciudadanos no pueden circular «en cueros» por aquellos lugares en los que las ordenanzas municipales no lo autoricen.
Son cuatro sentencias -se necesitan dos para establecer jurisprudencia en el Tribunal Supremo- que se han producido a lo largo de los últimos 14 meses: La primera, de Barcelona, con fecha 23 de marzo de 2015; la segunda sobre Platja d’Aro, del 30 de marzo del mismo año; la tercera, recién conocida, de Valladolid, de fecha 9 de mayo de 2016; y la cuarta, sobre las playas de Cádiz, se ha publicado hoy y sigue la misma dirección que las precedentes. 
La primera sentencia, la de Barcelona, fue la respuesta del Supremo al recurso presentado por la Candidatura d’Unitat Popular, por la Federación Española de Naturismo y por la Associació per la Defensa del Dret a la Nuesa, contra la decisión del Ayuntamiento de prohibir la práctica del nudismo en la ciudad mediante la modificación de la «Ordenanza de medidas para fomentar la convivencia ciudadana en el espacio público de Barcelona», realizada el 6 de mayo de 2011.
Según los recurrentes, que impugnaron dicha modificación, el Ayuntamiento carecía de cobertura legal para prohibir el nudismo por las calles, argumentando que dicha práctica estaba amparada por los derechos de libertad ideológica, de pensamiento, intimidad, propia imagen e igualdad.
El Supremo falló en la misma línea que lo había hecho el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) en sentencia de 25 de marzo de 2013, que desestimaba el recurso al considerar competente al Ayuntamiento para aprobar una Ordenanza como esa: El Consistorio podía limitar el ejercicio de tal actividad, prohibiéndola y sancionándola administrativamente al estar habilitado por la Ley Reguladora de las Bases del Régimen Local y por afectar directa e inmediatamente a las relaciones de convivencia en los espacios públicos de interés local.
Su tipificación como infracción leve no vulneraba el principio de proporcionalidad, añadía la sentencia.
La segunda, la de Castell-Platja D’Aro, Girona, estuvo impulsada por el Club Catalá de Naturisme. Igualmente se debió a la aprobación de otra Ordenanza municipal del Ayuntamiento de esa ciudad, de fecha 25 de agosto de 2009.
En esta ocasión prohibía el nudismo en las playas de la ciudad tipificando la conducta como infracción grave.
El TSJC rechazó el recurso del Club Catalá de Naturisme con una sentencia que llevaba fecha de 11 de febrero de 2013, y avaló la Ordenanza.
Y lo mismo hizo la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Supremo después, el 30 de marzo de 2015.
De acuerdo con el alto tribunal, la actitud personal de ir desnudo en un espacio público como es una playa no constituye manifestación del derecho fundamental a la libertad ideológica previsto en el 16 de la Constitución.
La argumentación fue prácticamente clavada a la de Barcelona. Como también lo ha sido la más reciente, la de Valladolid, de esta semana.
En este caso, la entidad recurrente ha sido la Federación Española de Naturismo, con la misma justificación que en los dos casos anteriores, esta vez contra la Ordenanza Municipal de Protección de la Convivencia Ciudadana y Prevención de Actuaciones Antisociales del Consistorio de esa ciudad.
En su recurso ante el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-León (TSJCL), esta Federación solicitaba que se revocara «la prohibición de la desnudez total o parcial en los espacios públicos del término municipal de Valladolid”, por entender, resumidamente, que con tal prohibición se infringían normas constitucionales al entrar y regular derechos y facultades con carácter restrictivo y sancionador, vulnerando los artículos 14, 16, 20 y 25 de la Constitución, siendo así que el Ayuntamiento de Valladolid carecía de habilitación legal para prohibir la desnudez.
Ni el TSJCL le dio la razón en su sentencia de 18 de octubre de 2013, ni el Tribunal Supremo, en la suya de 9 de mayo de 2016.
La Ordenanza municipal impugnada, dijo la Sala Tercera, “no condena, restringe o limita las creencias o las opiniones de los ciudadanos en relación con el naturismo, sino que hace algo más simple: prohibir la desnudez en los lugares de uso público general del territorio municipal y tipificar como infracción el incumplimiento de esa prohibición”.
Del mismo modo, reiteraba la doctrina de la Sala que establece que las Corporaciones Locales tienen competencia para prohibir que las personas vayan, estén o transiten desnudas por los espacios públicos por estar legalmente habilitadas por la ley y no restringir con tal prohibición el ejercicio de derechos fundamentales.
La última sentencia, la de Cádiz, ha visto hoy la luz, y sigue la línea de las tres anteriores.
En este caso, los recurrentes han sido los mismos que en el de Valladolid y Barcelona: la Federación Española de Naturismo.
Y fue la respuesta a la polémica originada en el verano de 2009, con el nudismo en las playas de la ciudad.
Como en Platja d’Aro, la intención de los naturistas de disfrutar desnudos de las playas se dio de bruces con la ordenanza municipal sobre uso y disfrute de esas mismas playas, aprobada en julio de 2009.
El asunto llegó al Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), a su sede de Sevilla. La Federación pidió la anulación de varios artículos de la ordenanza porque vulneraba los artículos 14, 16 y 25 de la Carta Magna, porque el Ayuntamiento no tenía «habilitación legal» para impedir el nudismo y porque, en su opinión, invadía competencias estatales.
El TSJA, en sentencia de 19 de diciembre de 2013, rechazó todos los argumentos de los naturistas ratificando la competencia del Ayuntamiento y la validez de la ordenanza sobre las playas.
Y el Supremo hoy dice, en la suya: «No entendemos que el derecho a la libertad ideológica contenido en el artículo 16.1 de la Constitución resulte afectado en el supuesto que analizamos ni, por tanto, que la Ordenanza en estudio afecte a la dimensión externa de tal derecho fundamental (es decir, al ‘agere licere’ o facultad de actuar con arreglo a las propias ideas sin sufrir por ello sanción, compulsión o injerencia de los poderes públicos), pues no puede compartirse la idea de que ‘estar desnudo’ en cualquier espacio público constituya, sin más, la manifestación externa de la libertad de pensamiento, ideas o creencias o que la desnudez misma deba ser entendida como un auténtico derecho ejercitable en todo lugar público».
Los fallos de las cuatro sentencias no prohíben el nudismo en todas las ciudades y pueblos españoles, sólo en aquellos en los que sus ordenanzas municipales así lo permitan; los Ayuntamientos, por su parte, están capacitados para regular, a través de sus ordenanzas municipales, el grado de desnudez de los ciudadanos que circulen por sus calles.
Carlos Berbell

domingo, 21 de abril de 2019

Una mujer desnuda

Una mujer desnuda no es una ofensa. Una mujer desnuda no es un pecado, ni un escándalo, ni una vergüenza. Una mujer desnuda es la vida, es lo natural, es la gracia. Una mujer desnuda no agravia más que a quien la mira contaminado, a quien difunde la imagen como si ella hubiese cometido un crimen de lesa humanidad, señalándola con el dedo acusador de los inquisidores y los puritanos. Una mujer desnuda no es una mercancía, ni un cartel electoral, ni una mancha. Una mujer desnuda es su propia libertad, su derecho sobre su cuerpo, a vivirlo y a sentirlo como le dé la real gana. Una mujer desnuda me da más confianza que un lobo oculto tras una corbata de seda y un traje caro.
Foto articulo
Corre estos días por las redes sociales unas fotos, falsas al parecer, de Teresa Rodríguez, candidata de Podemos a la Presidencia de la Junta de Andalucía, desnuda en una playa nudista. Para perjudicarla, sus enemigos políticos (digo bien, enemigos, rivales es otra cosa, rivales es democracia, y de eso nos queda muy poco, apenas unas migajas) la difunden entre risitas de parvulario, de retrete de instituto, como si nunca hubiéramos visto una mujer desnuda, como si haberse desnudado alguna vez incapacitara para algo.
Yo no sé qué tal política será Teresa Rodríguez. Tampoco sé qué persona será, si buena o mala, si a ratos lo uno y a ratos lo otro, como todo el mundo. Sé que por ser mujer y por andar desnuda por una playa adecuada para ello (aunque, quizás, ni siquiera es ella) la están lapidando con la hipócrita moral judeocristiana que tanto daño nos ha hecho durante los últimos cinco mil años y de la que parece imposible desprenderse.
Teresa Rodríguez. Foto Internet
Si andar desnudo desacredita, todos estamos desacreditados de nacimiento, así que nadie venga ahora a ponerse digno con estas cosas y a taparse el ojo escandalizado. Si algo sucio hay en todo esto es usar la imagen desnuda de una mujer para desautorizarla, para denigrarla. La desnudez no es sospechosa de nada, ni de falta de moral, ni de falta de ética, ni de falta de capacidad. Es la mirada del otro quien pone toda esa porquería, es el machismo de caverna el que trata de convertir un acto de libertad en una deshonra, como siempre ha hecho el fascismo.
Una mujer desnuda no es una criminal. Una mujer desnuda no es una perversión. Tampoco es necesariamente una invitación. Una mujer desnuda es la naturalidad de su propia elección, de su independencia, de su albedrío, y quien quiera usar su imagen desnuda para menoscabarla es que solo la ha visto desde muy abajo, desde donde miran siempre los gusanos.
juan gaitán

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Más allá de Facebook e Instagram: ¿Por qué se censura el cuerpo femenino?


Pixon Project denuncia, con ironía, lo absurdo de censurar los pezones femeninos. MANUEL CEBALLOS
Claudia jugó con los límites de Instagram... y perdió. O perdió a medias, porque encontró un nuevo enfoque para su arte. Eso, y una comunidad entera de creadores que han convertido las redes sociales en su campo de batalla en la lucha contra la censura del cuerpo. Del femenino, sobre todo. Porque en Internet, el paraíso de la pornografía gratuita y accesible para cualquiera con una conexión, el desnudo de la mujer sigue siendo tabú, y el castigo consiste en eliminarlo.
Hay anacronismos que surgen de otros anacronismos. Si lo de quemar sujetadores nos suena muy sesentero, que esa imagen naciera de una de esas fake news tan siglo XXI no es menos chocante. 7 de septiembre, año 1968, un grupo de mujeres se manifiesta a las puertas del centro de convenciones de Atlantic City. Dentro se celebra el certamen de Miss América. En plena explosión de la llamada Segunda Ola Feminista, la traca final de la protesta prometía ser una gran pira en la que se quemaran los "instrumentos de tortura contra la mujer", con el sujetador como eje central. Se amontonaron cientos de sostenes, se tiraron a los cubos de basura situados en el centro de la protesta... pero el fuego nunca se produjo.
La (no) imagen fue tan potente que se convirtió en símbolo. Una joven reportera del New York Post, Lindsy Van Gelder, mencionó la hoguera de sujetadores en una columna, más como un deseo que como una realidad, pero el suceso caló y los medios replicaron la noticia falsa en grandes titulares. Había nacido un mito, y medio siglo más tarde el pecho de la mujer sigue siendo el arma predilecta de la lucha feminista, y su peor enemigo, la censura.
Un sábado de marzo, la artista valenciana Claudia Sahuquillo amaneció sin cuenta de Instagram. Ningún aviso, sólo un mensaje en la pantalla: "Se ha desactivado tu cuenta porque infringe nuestras condiciones". Casi 80.000 seguidores a la basura de un momento a otro. Su proyecto #SkinIsTheNewCanvas convertía efectivamente el cuerpo desnudo de la mujer en su lienzo. Y sí, las fotos mostraban pezones. Pintados, pero pezones. Recuperó su perfil el lunes después de justificar, a través de un formulario, que en lo suyo no había pornografía, sino todo lo contrario. Igual que se fue, volvió. Pero a ella el susto sólo le confirmó que lo que hacía tenía sentido.
"Lo que hago es dibujo y pintura, pero también revolución, porque lo que pinto son cuerpos prohibidos", afirma. Sus modelos son siempre mujeres, porque "¿cuál es el punto de que un hombre muestre lo que ya puede mostrar?". Bordear los límites para evitar la censura llega en ocasiones a lo surrealista: "El problema son los pezones, o más bien cómo cubrirlos: si los pinto de tonos rosas, la foto desaparece; con el resto de colores no suele haber problemas". Así que el bodypainting de Claudia está hoy lleno de trampas, algunas motivadas por la propia autocensura de la artista.
De la desnudez como acto subversivo sabe mucho el granadino Manuel Ceballos, autor de Pixon Project, una especie de Free the Nipple español que, adivine, Instagram ha cerrado ya tres veces desde que naciera, hace dos años. El truco es sencillo: se pixela todo excepto el pezón, a ver qué pasa; lo que pasa, en cambio, es algo más complejo. "Las compañías que están detrás de las redes sociales cada vez utilizan más mecanismos para controlar y segmentar a sus usuarios con fines comerciales, a costa de limitar sus libertades y privacidad. Y de esto, o no nos damos cuenta o simplemente lo aceptamos sin rechistar para no quedarnos fuera de la red social", afirma Ceballos. Para él, censurar el desnudo femenino en Internet es "sólo la punta del iceberg", de un iceberg que tiene su base en el mercado.
"Hay una patente cosificación de la mujeres", argumenta el artista, "el cuerpo femenino es un producto vendible que genera beneficios, por lo tanto, hay que controlarlo. Esto no pasa tanto con los hombres. Y para asegurarse de que esto siga siendo así, el sistema se encarga de marcar esas diferencias incluso desde antes de nacer con 'el rosa y azul'. A partir de ahí, todo se convierte en una lucha a contracorriente si quieres educar en igualdad".
Ceballos recurre, para explicar el círculo de la censura en Internet, a un filósofo francés que murió mucho antes de que la Red siquiera fuera una utopía de futuro. Michel Foucault utilizó el Panóptico de Bentham como modelo para dar explicación a la sociedad moderna: "La idea consistía en una cárcel circular donde los presos saben que son observados desde una torre central, aunque no saben cuándo ni por quien, así que autocensuran su comportamiento", explica, "y esto es lo que está pasando en Instagram".
¿Quién decide cuánta piel se puede ve?
Pixon Project juega con la ironía, incluso aplicada al propio logo de Instagram. MANUEL CEBALLOS
¿Pero quién decide qué se puede enseñar en las redes sociales? ¿Quién marca la línea entre la pornografía y el arte, el activismo o la simple naturaleza? A Lorena Fernández se la conoce "por los caminos de la Red" como Loretahur. Es ingeniera informática, profesora de Identidad Digital en Deusto, y una firme activista por la igualdad entre hombres y mujeres en el colectivo Doce Miradas, donde habla abiertamente de "tecnologías machistas". "Las redes sociales digitales no dejan de ser un fiel reflejo de las analógicas, así que se replican los mismos comportamientos pero con una nueva componente: poder levantar el dedo inquisidor desde el anonimato", afirma. Porque para ella, si el comportamiento de las plataformas es preocupante, no lo es menos el de los internautas.
"Los algoritmos de reconocimiento funcionan con entrenamiento", explica, "se les suele 'adiestrar' previamente con grandes bancos de imágenes, para que sean capaces de identificar patrones. La clave está en saber cuáles son las fuentes de aprendizaje predictivo, porque se producen casos como el de que las máquinas no sean capaces de identificar a hombres cocinando porque en los principales bancos de imágenes de los que se les surte un 77% de las fotos en las que aparecen personas cocinando están protagonizadas por mujeres. O en el ejemplo que nos ocupa, que sólo sean los pezones femeninos los que se categoricen como impúdicos". Precisamente acerca de ese machine learning se ha pronunciado este miércoles Facebook en su conferencia de desarrolladores F8, donde ha anunciado avances en inteligencia artificial para eliminar las "cosas malas" antes incluso de que se produzca una denuncia.
"La cuestión aquí es quién está construyendo la tecnología", asevera la profesora de Identidad Digital, que subraya la importancia de que los equipos que están pensando "la tecnología del futuro" sean diversos. "Si no cuentan con miradas desde diferentes puntos y, por supuesto, con el 50% de la humanidad, no les interpelará esta problemática", esgrime, "el desequilibrio resulta caro socialmente, porque la trayectoria vital de la mujer no se incorpora a las innovaciones". Efectivamente, sólo uno de cada cuatro alumnos matriulados en Ingeniería es mujer, una desigualdad que se traslada a las estructuras empresariales y, por tanto, acaba repercutiendo en la tecnología.
El usuario como vigilante del usuario
Pero además de esas máquinas adiestradas, también hay personas que regulan los contenidos cuando alguien los reporta. Y aquí es donde entra en juego el internauta. Eran 4.500 los moderadores de Facebook el pasado año, que Zuckerberg prometió incrementar en 3.000 más, repartidos por todo el globo para reducir los "falsos positivos", como los define Loretahur. Y aquí "pesa más el chivatazo del resto de la comunidad, que los propios algoritmos". En cualquier caso, toda regulación sigue unas "normas comunitarias" que establece la propia plataforma, y que ha aclarado hace unos días acuciada por las críticas. En el capítulo "desnudos de adultos y actividades sexuales", incluido en el apartado "contenido inaceptable" de su nuevo documento, Facebook basa su política en evitar publicaciones que puedan resultar "sensibles" para algunos usuarios, y añade: "De forma predeterminada eliminamos imágenes sexuales para evitar que se comparta contenido sin permiso o de menores de edad". 
Sin embargo, la empresa de Zuckerberg hace una matización: "Entendemos que las personas comparten desnudos por una variedad de razones, entre ellas, como una forma de protesta, para generar conciencia sobre una causa o por razones educativas o médicas, y aceptamos el contenido cuando dicha intención es evidente", y subraya: "Aunque restringimos las fotos de senos femeninos que muestren el pezón, sí permitimos las que representen actos de protesta, a mujeres amamantando activamente y fotos de cicatrices de mastectomías. También permitimos fotografías de pinturas, esculturas y otras obras de arte donde se muestren figuras desnudas".
El movimiento internacional #FreeTheNipple invita a "liberar el pezón". FREE THE NIPPLE
"La validez de los contenidos que compartimos depende más de la visión subjetiva y manipulada de los usuarios conectados que de un departamento de control de esta red social", apunta Manuel Ceballos, y apunta "una pista" en las normas comunitarias de Instagram , en las que, según él, "se nos invita a vigilar y denunciar": "'Todos y cada uno de nosotros somos una parte importante de la comunidad de Instagram. Si ves algo que consideras que infringe nuestras normas, comunícanoslo utilizando nuestra opción de denuncia".
Como prueba de su teoría, de que "los propios usuarios son los que le hacen el trabajo sucio a Instagram", Ceballos recurre a la propia experiencia: "A la vez que abrí la primera cuenta de Pixon Project, tambien fui colgando las imágenes originales sin pixelar en otra cuenta", cuenta, "con esta segunda cuenta evite toda interacción con la comunidad: ni seguir a otras cuentas, ni dar like a nadie, ni poner tags, sólo subir imágenes". A día de hoy la cuenta que muestra desnudos integrales sin ningún tipo de censura continúa activa, y sin embargo, Pixon Project ya no existe en Instagram.
¿Pero por qué nos molesta ver una teta?
En la respuesta a esta pregunta está la madre del cordero, porque efectivamente, la tecnología no reproduce más que las dinámicas sociales a este lado de la pantalla. A mediados de los 90, el sociólogo francés Jean-Claude Kaufmann decidió explorar el desnudo como objeto de estudio. Para ello, recorrió las playas de la Costa Azul gala preguntando a las mujeres que hacían topless por qué lo hacían. "Les costaba mucho contestar", recuerda, "su decisión había sido intuitiva, no habían pensado demasiado en sus motivaciones, me decían que les habían entrado ganas de repente y me hablaban de 'esas horribles marcas blancas'".
Sin embargo, y tras un rato de conversación, emergían sentimientos más profundos. "El deseo esencial era algo así como parir un cuerpo nuevo, históricamente nuevo", explica el sociólogo, "querían fabricar aquí, en la playa, una gestualidad femenina que rompiera radicalmente con siglos de discreción sumisa, acabar con ese papel de figurantes en segundo plano para mostrar su audacia, su orgullo y su seguridad con la cabeza alta y el cabello al viento". El topless nació en aquella Costa Azul en los 60, la misma costa por la que volvía a pasear, 20 años más tarde, el autor de Cuerpos de mujeres, miradas de hombres: sociología de los senos desnudos para documentar su última obra: Burkini, autopsia de un suceso.
Brigitte Bardot en un fotograma de 'Y Dios creó a la mujer'.
¿Se ha fijado en que últimamente hay menos mujeres que se dejan puesta la parte de arriba del bikini? ¿No le llama la atención que el bañador vuelva a estar de moda? Para Kaufmann, nada de esto es casual, y el motivo principal no está en el pudor de la mujer, sino en los ojos del hombre. Igual que investigó las motivaciones de las mujeres para yacer semidesnudas al borde del mar, el sociólogo también preguntó a los hombres qué efecto producía en ellos estar rodeados de senos descubiertos. Y en aquellas respuestas halló el francés el quid de la evolución social de los roles de género.
"De entrada, a los hombres les parecía estupendo, pero rápidamente se dieron cuenta de que aquello les restaba superioridad y los desestabilizaba en sus proyectos de seducción balnearia", explica. En efecto, no eran pocos los que se mostraban turbados: "¿Cómo iban a ligarse a una chica que se ha quitado el bañador?". El pecho al aire no era seductor, era poderoso, y llegado el nuevo milenio, cuando la mirada hacia el desnudo femenino había cambiado, se había normalizado, la sociedad fue virando hacia un pudor con letra pequeña: "A medida que los cuerpos se iban revistiendo en la playa, las miradas se volvieron a posar sobre ellos, y con esa sugestión, ese imaginar el desnudo, la mujer volvía a su papel de objeto sexual".
El cuerpo como mercancía
Y de aquellos polvos -o arenas-, estos lodos. Porque si Kaufmann advierte que "hay que tomarse la playa muy en serio", no hay que despreciar tampoco Internet como terreno donde se definen roles de género y se establecen patrones sociales. Y todo, al borde del mar o sumergidos en un mar de bits, nos devuelve al mercado. "El cuerpo ya estaba mercantilizado, lo que las nuevas tecnologías han mercantilizado es la imagen, el tiempo, el deseo más íntimo, el trauma personal, la parafilia, las fobias privadas", afirma el filósofo Santiago Alba Rico, autor de Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral), un libro en el que reflexiona sobre nuestra relación con el cuerpo como metáfora de la sociedad. "Solemos manifestar nuestra inquietud ante el hecho de que la esfera pública penetre en nuestra vida privada, pero lo que debe preocuparnos es la invasión de la esfera pública por las vidas privadas".
Para él, "el mercado es básicamente anti puritano: le da igual vender dildos, crucifijos o misiles", y en ese anti puritanismo cabe la misma doble moral o hipocresía que mueve a quienes censuran el pecho desnudo en el paraíso de la pornografía: "Pensemos en el tabaco: hay que vender cada vez más cigarrillos y al mismo tiempo frenar cada vez más su uso". En ese sentido, las redes sociales deben responder a todas las minorías que integran su público: "Las redes, al hacer extensos los mercados y los deseos, constituyen todo lo contrario de una esfera pública; una constelación de minorías irracionales ruidosas".
"El cuerpo del hombre sigue siendo cuerpo; el de la mujer sigue siendo carne", reflexiona Alba Rico, que defiende los riesgos de mirar, a pesar de que siempre haya sido peligroso: "Es mucho más peligroso intentar evitar todos los riesgos". "Empezamos queriendo impedir el acceso de nuestros hijos a la pornografía digital y acabamos impidiéndoles el acceso a nuestros museos", afirma, y finaliza con una reflexión: "Si no hay una forma de conciliar la lucha contra la censura y la lucha contra el machismo es que no hay ninguna forma de hacer realidad el derecho y la democracia".

lunes, 10 de septiembre de 2018

El coño de la ilustradora grafica

“Un ilustrador es un artista gráfico que se especializa en la mejora de la comunicación escrita, a través de representaciones visuales que se corresponden con el contenido con parte del mismo”.
Lo vi, por primera vez, hará como quince años, en la antigua sauna del demolido Hotel Jovellanos, convertido hoy en residencia de ancianos.
Courbet. “El Origen del mundo”
Una veintena de socios naturistas, de la entonces única asociación de este tipo del norte de España, hoy expulsada de la Asociación Nacional, celebrábamos la clausura del Campeonato Europeo Nudista de Natación y aprovechábamos, de paso, una gran cantidad de entradas de regalo al Spa que hotel, gustosamente, nos entrego por utilizarlo como alojamiento y centro de reunión de los asistentes internacionales.
Fue, sin lugar a dudas, el día más concurrido con usuarios desnudos.
Éramos los de siempre, algunos amigos de estos y otros gorrones atraídos por la gratuidad del evento.
A ella, tarde bastante en ubicarla. Una cabeza, embutida en un gorro de lycra verde, con gafas binoculares negras y unas pequeñas pinzas sobre la nariz, para evitar la entrada del agua, entraba y salia del líquido elemento sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Hacia largos y más largos tropezando, sin querer, con cuantos se cruzaban con ella.
En uno de sus múltiples descansos la vi de cuerpo entero, sin su estrafalario atuendo de nadadora. Alta, morena, cabello largo, pechos pequeños, coronados por dos aureolas muy oscuras, caderas estrechas y una espléndida mata de pelo negro, abundante, salvaje, enmarañada, entre las piernas.
Lo admire. Pase la tarde viendo aquel coño enorme y frondoso entrar y salir del agua.
En aquellos años la moda, o el nudismo asturiano, imponían la depilación total de los genitales tanto en hombres como en mujeres. En la pileta hidrotermal, solo aquella ninfa y yo lucíamos pelo en la entrepierna y daba la impresión que solo a  mi, tal aspecto impresionaba.
Al salir me la presentaron. Tenía un nombre raro que olvide sobre la marcha y un compañero naturista que prometió traerla a cada sesión de Spa.
Guayasamín. “Minotauro”
Cumplió con su promesa. Cada primer viernes de mes nos reuníamos en un Spa que cerrábamos para nosotros. Su rutina era siempre la misma: disfraz de nadadora, ratito de natación, cama de agua y tumbona de relajación.
Con los años aprendí su nombre, su trabajo y siempre estuve enamorado de su espléndido coño, de su pelo púbico, en una sociedad en la que normalmente todas lo llevaban depilado.
Un verano nos vimos en una playa nudista. Me desilusiono. Se había depilado. Lo que durante años fue la atracción de mis ojos, desapareció de la noche a la mañana. Gano en desparpajo y perdió en exotismo. Gano en locuacidad y perdió en misterio.
Era ilustradora grafica, en el paro. Acababa de ganar una beca para pasar un año en México, se apuntaba a todas las convocatorias laborales tanto del Ayuntamiento como de la Comunidad, siempre con resultados negativos. Lo único que todo esto le suponía era un aumento, día a día, de las canas que ahora se dibujaban en su corta melenita negra.
Picasso. “Eva”. (Serie Cela)
Un mal día, la Asociación Naturista a la que pertenecíamos fue repudiada de la Nacional y expulsada de ella. Pasamos un año en blanco. Fue triste pero no doloso. Los antiguos socios fuimos de eso, a ser nuevos amigos y las actividades, perdidas u olvidadas, renacieron, por sugerencia de un antiguo presidente. Comidas, cenas, espichas, Spa, casas rurales con jacuzzi, juegos, amaguestu.
Mi amiga la ilustradora desapareció. Con ella su melenita canosa y su coño negro, como panza de hormiga, en el que se posaban todas mis miradas.
Desapareció. Tras verla y tomar un café en el centro de Oviedo, mi diseñadora graficase volatizo. Cambie de dirección, deje mi asistencia a los Spa´s nudistas, fui muchas veces a Madrid y aquella, nunca iniciada relación murió, casi como había nacido, entre el agua y la bruma del permanente otoño asturiano.
Lo lei en la Nueva España. “Erótica XXI”, antología de relatos de jóvenes autores. El libro vendrá acompañado por una exposición de dibujos eróticos de, también, noveles artistas, entre los que estaba mi amiga, aquella sirena con un mar negro, frondoso y agitado en la entrepierna.
La llame, hablamos, me invito, fui, compre el libro y su aportación grafica. Durante un tiempo seguí viéndola. El arte, el erotismo y el desnudo fueron una frágil argamasa que se disolvió con el agua norteña y maldito viaje al México de sus sueños.
   Ten — me dijo al despedirse, dándome un gran portafolio.
   Espero que te guste. Te llamare a la vuelta. —
Me dio un beso y se perdió entre las callejuelas del Oviedo antiguo.
El coño de la ilustradora gráfica
   Pero, ¿seguro que es el suyo?— Me pregunto un amigo al verlo colgado en el salón de mi casa.
   Segurísimo — conteste. Lo he visto, en vivo y en directo, cientos de veces y he soñado con el todas mis noches de insomnio de estos últimos años.
Allí estaba su regalo. Un primer plano de su coño, del coño de mi ilustradora grafica favorita.
Nota: El titulo como es fácil deducir, tiene la misma estructura que la serie de cuentos incluidos en el libro:”Coños” de José Manuel  Prada, pero solo eso. No recuerdo que entre ellos exista la “El coño de la ilustradora grafica”, en caso afirmativo lo cambiaré

martes, 4 de septiembre de 2018

Réquiem por el 'topless'

Era el consenso de la sociedad de finales del siglo XX: a la hora del baño, las tetas no son órganos sexuales. Hasta que llegó Facebook. En la última década, los pechos dejaron de existir
Una mujer hace topless en una playa de Gijón, en junio de 2012. (Reuters)
Ilya Topper. Estambulhttps://www.elconfidencial.com/contacto/885/
- Mamá, como no me des la pelota, le cuento a abuelo que tú y tu amiga estáis enseñando las tetas.
- Como se lo cuentes, te corto la pichilla.
Son los primeros años ochenta, es verano y en esta parte de la playa de Sotogrande aún crecen palmitos y tagarninas y a veces levanta el vuelo una bandada de flamencos. Carmen y su amiga Mimunt, una de La Línea, la otra de Melilla, trabajan en hostelería, son proletarias, no tienen aún treinta años. Son la primera generación de España que hace topless en la playa: a sus madres les había tocado, en los sesenta, conquistar el bikini. Para ellas es la continuación de una evolución social que deja atrás la dictadura, los sermones del domingo, el No follarás, el Todo es pecado. Estar en tetas en la playa ha dejado de ser pecado, y ha dejado de ser ilegal.
En la próxima década, el topless se populariza tanto que no hay playa en España donde no se vea normal. Excepto quizás las de Madrid, es decir Benidorm, por decir algo. Quizás sea más popular en Andalucía que en el Levante. Ya no hace falta buscar calas apartadas: es habitual ya en la propia playa de La Línea, por no hablar del resto de Cádiz. Playas pegadas al paseo marítimo, llenas de sombrillas, neveras con cerveza, maris jugando al bingo, niños dando por culo con la pelota, abuelas. Esta vez no son -como en la época del bikini - las guiris: ahora son las andaluzas. No llega a ser mayoritario, quizás lo haga el diez por ciento, quizás el treinta. Pero con una de cada diez es suficiente para alcanzar esa masa crítica que lo convierte en normal: cualquiera que llegue se sentirá cómoda al quitarse la parte de arriba. Si lo hacen las demás, es que no pasa nada. Nadie te va a mirar.
En las franjas más alejadas, dunas, calas que no llegan a ser recónditas, hacer nudismo pasa a ser habitual. A finales de los años noventa, en una de sus últimas ediciones, 'Diario16' invitó a opinar sobre la cuestión: ¿Hacen falta más playas nudistas en España? A favor se manifestaba un dirigente de una asociación naturista. En contra, otro naturista: desde 1988, y claramente desde la reforma del Código Penal en 1995, el nudismo es legal en todas partes. Delimitar áreas tipificadas como “playa nudista” no hace más que restringir el naturismo, dando a entender que fuera de la zona demarcada no se puede practicar. Lo cual es falso. Estar en pelotas es una decisión individual, no de zonas, grupos, categorías. Hay libertad de desnudarse. La segregación es lo contrario a la libertad.
Es legal en todo espacio público. La ley no distingue. La ciudadanía sí. No será delito pasear por Gran Vía en pelotas, pero la humanidad es gregaria y prefiere hacer lo que los demás, dentro de un margen de comodidad. Meterse en el agua desnudo es más cómodo que con un traje de licra pegado al cuerpo. Si el objetivo es recibir los rayos del sol en la piel, tomar el sol en tetas es más cómodo que hacerlo con el bikini puesto. Si lo hacen las demás.
Las demás lo hacían. La generación mayor miraba para otro lado, cuando no se apuntaba entusiasta a la tendencia. Consciente de que solo las leyes de la dictadura y el poder de la Iglesia le habían privado durante décadas de sentir el sol en las tetas. Ir con el sexo al aire era cosa de lugares apartados, pero el torso, también el femenino, era lícito en la playa. Eso era el consenso de la sociedad española de finales del siglo XX: a la hora del baño, las tetas no son órganos sexuales.
Es difícil poner fecha al regreso triunfal del bikini. Fue paulatino. Ocurrió en la segunda década del siglo XXI. El verano pasado, en la playa de Cádiz -de Santa María del Mar al fuerte de Cortadura y el Ventorrillo del Chato, cinco kilómetros, decenas de miles de bañistas- en la que en 2005 había en todas partes esa masa crítica de chicas en tetas, ese diez por ciento mínimo que permite decir que “aquí es normal”, ahora se podía contar el topless con los dedos de dos manos.
Cabo de Gata, agosto 2017, Playa de los Genoveses, un kilómetro de arenas. Ratio del topless: cero (si no contamos a Mimunt), salvo tres chicas, casi cabe decir refugiadas entre las rocas que marcan el final de la ensenada. En la última cala, de difícil acceso tras una loma de cardos y un sendero resbaladizo, entre la decena escasa de jóvenes que han conseguido alcanzar ese pequeño paraíso, ellas van en bikini, todas.
Las activistas saudíes mandaban su foto en bikini. Si alguna de ellas practicaba topless, no podía mostrarlo: en ese caso, si.
Facebook elige bando. Burkini sí. Tetas no
A esta generación no le da corte que les vean las tetas sus padres, suegros, vecinos, el carnicero de enfrente, el cliente de esta mañana, como hace treinta años. Les da corte que se les vean el colega del novio, el primo, el compañero. Les parece incómodo, esté quien esté. Las tetas se han vuelto una parte indecente del cuerpo.
Esta es la ideología de Facebook, esa realidad paralela en la que todos vivimos desde hace diez años (2007: 400.000 usuarios en España. 2009: 4 millones. 2010: 12 millones. 2018: 23 millones, es decir toda persona adulta que usted se cruza en una playa). Doce millones de pares de tetas, tragadas por un vórtice de antimateria. Si a usted se le ocurre subir una foto de estar en topless en la azotea de su casa, los rayos cósmicos aniquilarán su cuenta entera. Estar en tetas deja de ser un acto social, de ocio compartido, de veraneo con colegas. Se convierte en una ofensa visual a la sociedad.
Lo que no se ve en Facebook, no existe. En algún momento de la última década, en España las tetas dejaron de existir.
¿O había otros factores? Hollywood no ha sido: aunque lleva censurando pezones desde hace décadas, ya no marca tendencia, ha sido reemplazado por las series accesibles en Internet y en los que no solo se pega, se mata, se dispara y se tortura, como de toda la vida de Warner, también se folla y se cultiva el despelote. ¿Tal vez una conjura de la industria textil? Desde luego se ha apuntado febrilmente a la tendencia, si no la creó: en las tiendas de ropa abundan bikinis para niñas de cinco o seis años, y hay padres que se los ponen a sus nenas sin darse cuenta de que están incurriendo en un delito apenas mejor que el de los que les colocan un velo islamista a esa misma edad: si las tetas son un objeto sexual a ocultar, pretender que existen en el cuerpo de una niña antes de la pubertad es apología de la pedofilia. Hay productos que deberían estar prohibidos incluso en una sociedad de libre mercado, y el bikini infantil es uno de ellos.
Tres mujeres toman el sol en la playa de Samil, en Vigo. (Reuters)
Las sociedades posdictadura tienen eso: las libertades que se conquistaron a golpe de atrevimiento pasan a ser normales, dejan de valorarse, dejan de considerarse necesarias, quizás dejan de practicarse, porque se olvida que solo existen porque se practican. Se habla de un regreso general de ideas conservadoras, creen algunos que hoy se folla menos, o menos alegremente, que en los ochenta. Tal vez: para conquistar la libertad sexual también era necesario practicarla. Pero estar en tetas en la playa nunca fue un acto sexual. No formaba parte del código de ligoteo. Hacían topless las solteras y las ennoviadas, las casadas y las descasadas. Era un paso hacia la aceptación del cuerpo desnudo como algo natural, no sujeto a los tabúes del deseo sexual. Y si bien la Iglesia nunca ha dejado de intentar mantener esos tabúes, no consta que tenga mucho éxito: la proporción de bodas celebradas en la iglesia baja cada año (ya está en el 28%); no sé si los curas le hablan a su grey del topless, pero si no han conseguido impedir ni el matrimonio homosexual, dudo de que tengan dominio sobre las playas.
"Sé un hombre, tapa a tus mujeres"
¿Es el bikini el objetivo final o será el próximo paso volver al bañador de pieza entera? Ahora se ríe usted, pero eso es lo que está pasando a 14 kilómetros al sur. ¿Imaginaban las marroquíes que iban en bikini a la playa hace veinte años que en 2018 se lanzaría una campaña (en Facebook, como no, que a eso sí se presta la red social) llamada “Sé un hombre, tapa a tus mujeres”? Cuando los primeros jovenzuelos empezaban a insultar, en la primera década del XXI, a las señoras en bikini, llamándolas 'desnudas', ellas se quedaban a cuadros. Como se quedaría usted. En el caso de Marruecos (y el resto del mal llamado mundo musulmán) sabemos quién decide los códigos de decencia e indecencia: las cadenas satélites con sede en Qatar y Arabia Saudí, el petrodólar. Activistas como Ibtissame Lachgar y Zoubida Boughaba han contraatacado con la campaña Sé una mujer libre. Las activistas que participan mandaban su foto en bikini. Si alguna de ellas practicaba topless, no podía mostrarlo: en ese caso, Facebook elige bando. Burkini sí. Tetas no.
No es una cuestión de estética. Todo lo contrario. Es una tendencia hacia la hipersexualización del cuerpo de la mujer, solo el de la mujer
Pero no ha sido la (escasa) inmigración musulmana (o latinoamericana, igualmente tabuizada en lo que a tetas se refiere) en España la que ha cambiado los hábitos. En Cádiz no hay casi magrebíes, salvo Hassan el del Cambalache. Y en la playa nudista de la Barceloneta -defendida, me da a mí, en parte por el colectivo gay-, los vendedores ambulantes marroquíes o malienses regatean abalorios y pareos sin importarles la piel a la vista, como hacen los veteranos del agüita fría en Caños de Meca. Y son precisamente algunas hijas de la inmigración magrebí las que se apuntan con mayor ilusión al topless. Precisamente porque saben que la opresión de la libertad femenina se expresa en primer lugar a través de la tela. Saben, porque lo sufren en su piel, que la única manera de ser libre es afrontar las miradas de los demás a pecho descubierto, en sentido figurado la mayor parte del tiempo, literalmente en la playa. Aunque en Facebook no lo podrán contar.
No es nuevo: fue en 1972, aún vivía Franco, cuando a Fátima, melillense y mora, la multaron en Salou por cruzar el paseo marítimo en bikini. Lo recuerda Mimunt. No cree que vayamos a volver hasta ese punto, dice. No en España. Pero algo ha ocurrido: si antes hubo que ocultar a mamá que una hacía topless, ahora son las madres de cuarenta, cincuenta, que siguen con el hábito de tomar el sol en tetas y observan, estupefactas, que sus hijas de veinte se niegan a quitarse la parte de arriba. No es una cuestión de estética, como dicen a veces. Todo lo contrario. Es una tendencia hacia la hipersexualización del cuerpo de la mujer, solo el de la mujer, mediante una banda de tela que proclama: coto privado. Acceso visual solo con licencia sexual. Una especie de catastro corporal ideada en nombre del marido o novio: Hasta aquí es mío, el resto es público. Divide la piel y vencerás a la mente.
Y no tranquiliza que tras cinco años de campaña (2012-2017) Facebook haya prometido por fin dejar de censurar los pechos si se trata de madres lactantes. Ha decidido que tener tetas no es una exhibición sexual si cumple el propósito natural de amamantar a un bebé. En ese único caso no es indecente. Al fin y al cabo, la función de una mujer es procrear. Eso la disculpa: ser madre. Las demás, todas putas.

domingo, 5 de agosto de 2018

Playa de Genoveses

DIARIO DEL TURISTA ENAMORADO  
·       El turista enamorado duerme con el balcón y el teléfono móvil abiertos por si alguien o algo llega o le llama
El turista enamorado duerme con el balcón y el teléfono móvil abiertos por si alguien o algo llega o le llama. Se despierta al amanecer, cuando quien le alcanza es la luz. Nadie le ha escrito un guasap. Solo el cielo se ha acordado de él y le ha mandado la luz. Ha soñado con ballenas y con elefantes y con ángeles y con su padre y madre y con águilas. Las secas tierras de Almería mezclan mediterráneo y misticismo. Contempla tanta belleza el turista enamorado que se dice a sí mismo en una ilusión teatral “pronto moriré”. Reacciona: “pero hoy no”. Hoy toca bañarse en la playa de Genoveses. Alegría. Desde el pueblo de San José a Genoveses hay 20 minutos andando. Son las 7 de la mañana. Puede hacerlo, aun el sol no castiga.


Ilustración de Marcos Balfagón.
Llega a la playa de Genoveses y como es muy pronto todavía no hay nadie. Así que decide bañarse desnudo. Piensa vagamente en las medusas. Está tan desnudo que evoca su nacimiento. Así me trajo mi madre al mundo, recuerda el turista enamorado mientras nada. Ya soy el turista desnudo. Hay más enamoramiento en estar desnudo que en estar enamorado.
La desnudez le ha hecho recordar a su madre, y se han presentado delante de sus ojos los veranos de los años setenta. La gente entonces veraneaba tres meses, ahora como mucho dos semanas, si no una sola. Excepto yo, que estoy siempre de vacaciones porque he renunciado a ocupar un puesto en este mundo. Me estoy gastando todos mis ahorros en este verano y cuando el verano termine a lo mejor también termino yo.
Se ha tirado dos horas en el agua y Genoveses se ha llenado. Ahora sale del mar avergonzado. Todo el mundo lleva puesto su traje de baño. Por culpa de su miopía no ve su toalla ni su bañador. Está desnudo, con sus miserias al sol. Igual piensan que es un exhibicionista, cuando solo es un turista descarriado. Parece que no le miran. Se topa con seis octogenarias que están comiendo un melón lleno de pepitas que se escurren por los pechos de las ancianas vestidas, y él está tan desnudo como un melón sin pepitas. ¿Dónde está mi toalla? No la encuentra. Pisa sin querer el castillo de arena que están construyendo unos niños. Mamá, mamá, un hombre feo que va en pelotas nos ha roto el castillo, gritan los niños señalándole con el dedo. Eleva una súplica al sol el turista ofendido: oh, sol, protégeme de los seres humanos. Baja la mirada y se encuentra al perro de ayer, quien le ladra y le sugiere que le siga. El perro le conduce hasta su toalla y su bañador. Rápidamente se tapa sus vergüenzas. Se quedan mirando: el turista solitario y el perro abandonado. Gracias por salvar mi dignidad, le dice el turista al perro. Se sientan los dos a ver las olas. De vez en cuando el perro se queda ensimismado con el bañador del turista vestido. Está adornado de colores, y con motivos marineros: anclas, veleros, surfistas. ¿Te gusta mi bañador? Es vintage, dice el turista. Qué bien estamos aquí los dos, parecemos un matrimonio, una familia. Parecemos dos amigos de toda la vida, te tendré que poner nombre. Si sigue esta amistad, mañana te bautizo.

lunes, 2 de julio de 2018

Ana

Dice el Pastor de Gorbea, Julián Ajuliaguerra, experto en predicciones meteorológicas, que este año los días soleados del verano se reducirán a dos o tres , y el sol aparecerá “por cada muerte de obispo”, o sea, casi nunca.
Con estas perspectivas, los malos augurios de los defensores del cambio climático y la nefasta actuación de los rectores del naturismo hispano con relación  a los seguidores del nudismo norteño, la realidad es que el 2018 se presentaba pelín complicado.
Pues sí, con la apertura o la aplicación de la legislación vigente, el nudismo se ha extendido, sin ningún tipo de problemas en muchas de las playas asturianas. Justo en estos momentos de bonanza político-ciudadana, resulta que en todo el norte español no existe ninguna agrupación naturista en vigor. Primero desaparecieron las gallegas, luego las cantabras, más tarde las vascas, las de las comunidades centrales nunca existieron y ahora los gestores nacionales del naturismo han tenido a bien eliminar de su estructura organizativa  a la asturiana. Muy bien ya no existen representaciones naturistas en el norte de España
Afortunadamente si existen naturistas que llenan las playas, al margen o no, de estar representados en agrupaciones nacionales o internacionales.
Será, como decía un amigo entre culín y culín de sidra, porque somos feos, o tenemos mal vino o decimos las verdades a la cara. En mi caso sin duda, por eso y por ser viejo y gordo, dando con ello mala imagen en las fotos gremiales del naturismo.
Casi sin quererlo ni esperarlo por Santiago salio el sol y los sufridos astures, con los paisajes verdes, los pantanos repletos  y sus cuerpos enmohecidos se lanzaron como locos a las costas.
Siempre, y en especial los primeros días en una playa nudista, pienso encontrarme con alguien mas o menos conocido. No me refiero al grupo de nudistas que año tras año nos paseamos por la orilla del mar y que a lo largo de los años, nos hemos ido conociendo, aunque sea solo por aquel: “Hola que tal”, “Como se paso el invierno” o “Esperemos que este año nos veamos mas a menudo, será señal que el tiempo es bueno”.  No, pienso en esos vecinos de enfrente, en la pareja dueña de la cafetería donde suelo tomar una copa por las tardes, en alguna de las camareras del mismo, en las empleadas de la panadería, pescadería, frutería o la distribuidora del kiosco de la prensa o de la lotería del barrio, personas todas a las que veo diariamente en el mundo textil que me rodea.
Todas, en mi opinión, viven un verano playero diferente, aunque de vez en cuando sale en prensa algún artículo  sobre el tema, rápidamente opinan que ellos son también nudistas y es raro que nunca nos hayamos visto por cualquier playa de la comunidad.. Creo que es mentira pero que si alguna vez surgiera la posibilidad del desnudo, dejarían sus ropas y el pudor bajo la sombrilla y se convertirían en nudistas furibundos. Alguna apuesta he ganado ante este tipo de comportamientos.
La realidad es que, salvo Rosa que de tarde en tarde cree ver a alguien conocido, nunca hemos tropezado con personas de nuestro entorno cercano, o muy cercano en una playa nudista..
Los humanos, querámoslo o no, y los nudistas mas, somos animales de costumbres. Nos dirigimos siempre al área  donde  tradicionalmente nos situábamos, clavamos la sombrilla, extendemos las toallas, nos embadurnamos de crema,  yo me resguarde del sol y Rosa, sale a caminar por la orilla del mar.
         —Mira quien esta aquí, Ana y su marido— oí decir a mi lado.
Abrí los ojos. Bajo el sombrero de paja con el que me cubría la cara, a contraluz y medio borrosos, una pareja intentaba agacharse para poderme saludar mientras me levantaba a marchas forzadas, tanto ellos como nosotros estábamos como venimos al mundo, o sea en pelota picada
Ana era quien depilaba a Rosa. La conocí casi al mismo tiempo que a ella pues empezó, cada dos o meses, a venir por casa para eliminar los escasos pelos que le surgían en sobacos, piernas, entrepierna y otros sitios inverosímiles, pero en su opinión, muy desagradables.
 Llevaba vaqueros ceñidos, camisa a cuadros con los botones superiores abiertos, y pelo rubio, cortado a lo chico. Arrastraba una pequeña maleta de ruedas con sus utensilios de trabajo. Me saludaba con un deje asturiano muy marcado y pasaba con Rosa a la habitación donde ya estaba dispuesta la camilla.
Esta rutina, con pequeñas variaciones duro años, muchos.
Hubo, a lo largo del tiempo, algunos cambios. En cierta ocasión la cera, que derretía en la cocina, por alguna causa, para mi desconocida, se le derramo por encima, le mancho los pantalones y Rosa debió dejarle una bata para terminar su trabajo. Desde entonces venia con una amplia camisola blanca que se ponía sobre la ropa de calle en los meses invernales  y sobre la interior en verano. No es que yo participara en los cambios es que era muy significativo verla salir a la cocina bien en pantalones o con las piernas al aire.
La anfitriona se preparaba  vistiendo únicamente una exigua tanga roja, algo que yo le regale en no se que Fin de Año. En algún momento, por razones desconocidas para mi, la braguita se rasgo y desde entonces recibe el tratamiento completamente desnuda, paseando de esta guisa cuando debe salir de la habitación para ir al baño, mirarse en el espejo o recoger el dinero para pagarle los servicios.
Su rasgo más peculiar y cambiante, era el pelo. La conocí rubia, casi pelona, pero a veces aparecía con melenita castaña o a dos colore o morena. Debía ser un rasgo innato en la profesión.
Durante mucho tiempo  casi ni hablo conmigo. Con los años fue soltándose y charlaba, mayoritariamente, del tiempo. Eso si en  su asturiano cerrado.
Estábamos los cuatro sin decir nada, sorprendidos y algo tímidos por lo extraña de la situación. 
Recordé que en cierta ocasión comento que su marido y ella eran nudistas, pero no me lo creí y menos imagine encontrarlos en aquella playa a la que nosotros si íbamos desde hacía mas de una década
   Matías, mi marido —.
Estaba como siempre, pero sin ropa. Solo el pelito rubio, muy corto, la acercaba a la realidad textil que yo conocía. Tenía menos tetas y algo más caídas de lo que pensaba, amplias caderas, piernas musculosas. La piel más que blanca, blanquísima, con infinidad de pecas. Unas enormes gafas, de nácar amarillo  le cubrían media cara y un pareo, colocado sobre los hombros, completaban su figura.
   El si es nudista, yo le acompaño a veces a la playa—
Ahora si, con mis ojos adaptados al sol, lo reconocí. Era uno de esos especimenes musculosos que pasaban las mañanas jugando a las palas y al terminar corría, como un poseso, por la playa hasta La Arena. El si me sonaba, aunque solo de vista.
   Me voy a jugar, nos vemos luego—
Quedamos los tres bajo la sombrilla y el ángel del silencio que nos acompañaba desapareció. Empezamos hablar de todo. Del tiempo, de la playa, las amigas. Se embadurnaron de crema, bebieron agua, comieron algo de fruta, se levantaron y me invitaron a dar un paseo por la orilla.
Éramos tres mas en un mar de nudistas que iban y venían, que disfrutaban del sol que, de vez en cuando se daban un rápido chapuzón.
Regresamos a comer bajo la sombrilla, ellos empanada y tortilla nosotros. Nos adormilamos, volvimos a pasear. Al rato se levantaros y se despidieron, algún problema tenían en casa.
Antes de partir Ana se me acerco y como algo lógico y natural me dijo.
   Sabes José Luís, eres el único en la playa que no tiene depilados los genitales. La próxima vez que vaya por vuestra casa lo solucionamos. —
Se marcharon. Quede con su cuerpo desnudo en mi retina y la ilusión de volverla a ver otro día tal como hoy. Su ofrecimiento cayó en el pozo del olvido.
Ella no se olvido.
   Hoy os toca a los dos—, fue su presentación cuando, mes y medio más tarde apareció por casa.
Ni Rosa ni yo recordábamos su proposición pero ella se empeño en hacerla patente.
   Primero la señora y luego el caballero— dijo con una sonrisa medio picarona mientras entraba en la habitación y se colocaba la bata de trabajo.
Rosa apareció desnuda entro y cerró la puerta. Quede jugando con el ordenador y pensando si su ofrecimiento seria una realidad o un simple brindis al sol.
   Ahora tu José Luís —. Pues si, venia dispuesta a depilarme.
    Desnúdate y túmbate en la camilla — comento mientras salía, con una palangana, en buscar agua caliente.
Me desnude y la espere, cubriendo mis partes pudendas con una pudorosa toalla.
Llego y lo primero que hizo fue despojarme de la misma, luego me tumbo y a continuación me enjabono, a conciencia, mis intimidades sin ningún tipo de reparo. Tan pronto frotaba mi sexo como se recreaba con los genitales.
   Tranquilo, ya te vi. en pelotilla en la playa y esto es totalmente profesional, si te pones algo cachondo es normal a todos nos pasa—
Algo no, bastante tirando a mucho. Ella seguía enjabonándome y yo empecé a ver que bajo la bata no llevaba nada, o al menos sujetador, No pude seguir investigando pues, de repente note el frió de la cuchilla que iniciaba, primero una labor de desbroce y luego otra de afinado y limpieza. Poco a poco la masa negra pilosa de mi entrepierna iba desapareciendo. Ella a lo suyo. Inclinada sobre mi, maquinilla en mano iba eliminando la espuma y el pelo. Sin quererlo, o queriéndolo, en cada movimiento dejaba mas a mi vista  la evidencia que bajo la bata no llevaba nada y que sus pechos, desnudos, se mantenían cada poco tiempo ante la visión divina de mis ojos. No parecía importarle.
   Ves como no ha sido para tanto, ya terminamos. Ahora te lavo y aplico crema hidratante para que no escueza—.
Sentí  como una esponja tibia iba  eliminando pelos y espuma. Sin más preámbulos, sus manos, embadurnadas de crema, empezaron a masajearme el sexo y los genitales,  mas como algo sexual que profesional. Fue entonces cuando desconecte y a ella le debió pasar algo de lo mismo.
Mientras seguía trabajándome los bajos, inicie una aproximación hacia la parte inferior de su bata y sin nada ni nadie que lo impidiera fui ascendiendo por su entrepierna. Estaba, como imagine, sin nada, empapada, abierta, ofreciéndose a mis caricias. Al amparo de una depilación estival estábamos llegando a una masturbación  conjunta y consentida.
La novedad y lo imprevisto acelero mi orgasmo. Un flujo de semen se esparció entre los restos de espuma, la crema hidratante y sus dedos.
Me limpio con delicadeza y mientras me besaba en los labios susurro.
         —Otro día será mejor—.
Quede sobre la camilla y mientras desaparecía.
         —Deja de vaguear y levántate— oí decir a Rosa.
—Acuérdate  que tienes que preparar la cena y me habías prometido tostas de huevos de codorniz, con jamón sobre fina cama de aguacate.