lunes, 2 de julio de 2018

Ana

Dice el Pastor de Gorbea, Julián Ajuliaguerra, experto en predicciones meteorológicas, que este año los días soleados del verano se reducirán a dos o tres , y el sol aparecerá “por cada muerte de obispo”, o sea, casi nunca.
Con estas perspectivas, los malos augurios de los defensores del cambio climático y la nefasta actuación de los rectores del naturismo hispano con relación  a los seguidores del nudismo norteño, la realidad es que el 2018 se presentaba pelín complicado.
Pues sí, con la apertura o la aplicación de la legislación vigente, el nudismo se ha extendido, sin ningún tipo de problemas en muchas de las playas asturianas. Justo en estos momentos de bonanza político-ciudadana, resulta que en todo el norte español no existe ninguna agrupación naturista en vigor. Primero desaparecieron las gallegas, luego las cantabras, más tarde las vascas, las de las comunidades centrales nunca existieron y ahora los gestores nacionales del naturismo han tenido a bien eliminar de su estructura organizativa  a la asturiana. Muy bien ya no existen representaciones naturistas en el norte de España
Afortunadamente si existen naturistas que llenan las playas, al margen o no, de estar representados en agrupaciones nacionales o internacionales.
Será, como decía un amigo entre culín y culín de sidra, porque somos feos, o tenemos mal vino o decimos las verdades a la cara. En mi caso sin duda, por eso y por ser viejo y gordo, dando con ello mala imagen en las fotos gremiales del naturismo.
Casi sin quererlo ni esperarlo por Santiago salio el sol y los sufridos astures, con los paisajes verdes, los pantanos repletos  y sus cuerpos enmohecidos se lanzaron como locos a las costas.
Siempre, y en especial los primeros días en una playa nudista, pienso encontrarme con alguien mas o menos conocido. No me refiero al grupo de nudistas que año tras año nos paseamos por la orilla del mar y que a lo largo de los años, nos hemos ido conociendo, aunque sea solo por aquel: “Hola que tal”, “Como se paso el invierno” o “Esperemos que este año nos veamos mas a menudo, será señal que el tiempo es bueno”.  No, pienso en esos vecinos de enfrente, en la pareja dueña de la cafetería donde suelo tomar una copa por las tardes, en alguna de las camareras del mismo, en las empleadas de la panadería, pescadería, frutería o la distribuidora del kiosco de la prensa o de la lotería del barrio, personas todas a las que veo diariamente en el mundo textil que me rodea.
Todas, en mi opinión, viven un verano playero diferente, aunque de vez en cuando sale en prensa algún artículo  sobre el tema, rápidamente opinan que ellos son también nudistas y es raro que nunca nos hayamos visto por cualquier playa de la comunidad.. Creo que es mentira pero que si alguna vez surgiera la posibilidad del desnudo, dejarían sus ropas y el pudor bajo la sombrilla y se convertirían en nudistas furibundos. Alguna apuesta he ganado ante este tipo de comportamientos.
La realidad es que, salvo Rosa que de tarde en tarde cree ver a alguien conocido, nunca hemos tropezado con personas de nuestro entorno cercano, o muy cercano en una playa nudista..
Los humanos, querámoslo o no, y los nudistas mas, somos animales de costumbres. Nos dirigimos siempre al área  donde  tradicionalmente nos situábamos, clavamos la sombrilla, extendemos las toallas, nos embadurnamos de crema,  yo me resguarde del sol y Rosa, sale a caminar por la orilla del mar.
         —Mira quien esta aquí, Ana y su marido— oí decir a mi lado.
Abrí los ojos. Bajo el sombrero de paja con el que me cubría la cara, a contraluz y medio borrosos, una pareja intentaba agacharse para poderme saludar mientras me levantaba a marchas forzadas, tanto ellos como nosotros estábamos como venimos al mundo, o sea en pelota picada
Ana era quien depilaba a Rosa. La conocí casi al mismo tiempo que a ella pues empezó, cada dos o meses, a venir por casa para eliminar los escasos pelos que le surgían en sobacos, piernas, entrepierna y otros sitios inverosímiles, pero en su opinión, muy desagradables.
 Llevaba vaqueros ceñidos, camisa a cuadros con los botones superiores abiertos, y pelo rubio, cortado a lo chico. Arrastraba una pequeña maleta de ruedas con sus utensilios de trabajo. Me saludaba con un deje asturiano muy marcado y pasaba con Rosa a la habitación donde ya estaba dispuesta la camilla.
Esta rutina, con pequeñas variaciones duro años, muchos.
Hubo, a lo largo del tiempo, algunos cambios. En cierta ocasión la cera, que derretía en la cocina, por alguna causa, para mi desconocida, se le derramo por encima, le mancho los pantalones y Rosa debió dejarle una bata para terminar su trabajo. Desde entonces venia con una amplia camisola blanca que se ponía sobre la ropa de calle en los meses invernales  y sobre la interior en verano. No es que yo participara en los cambios es que era muy significativo verla salir a la cocina bien en pantalones o con las piernas al aire.
La anfitriona se preparaba  vistiendo únicamente una exigua tanga roja, algo que yo le regale en no se que Fin de Año. En algún momento, por razones desconocidas para mi, la braguita se rasgo y desde entonces recibe el tratamiento completamente desnuda, paseando de esta guisa cuando debe salir de la habitación para ir al baño, mirarse en el espejo o recoger el dinero para pagarle los servicios.
Su rasgo más peculiar y cambiante, era el pelo. La conocí rubia, casi pelona, pero a veces aparecía con melenita castaña o a dos colore o morena. Debía ser un rasgo innato en la profesión.
Durante mucho tiempo  casi ni hablo conmigo. Con los años fue soltándose y charlaba, mayoritariamente, del tiempo. Eso si en  su asturiano cerrado.
Estábamos los cuatro sin decir nada, sorprendidos y algo tímidos por lo extraña de la situación. 
Recordé que en cierta ocasión comento que su marido y ella eran nudistas, pero no me lo creí y menos imagine encontrarlos en aquella playa a la que nosotros si íbamos desde hacía mas de una década
   Matías, mi marido —.
Estaba como siempre, pero sin ropa. Solo el pelito rubio, muy corto, la acercaba a la realidad textil que yo conocía. Tenía menos tetas y algo más caídas de lo que pensaba, amplias caderas, piernas musculosas. La piel más que blanca, blanquísima, con infinidad de pecas. Unas enormes gafas, de nácar amarillo  le cubrían media cara y un pareo, colocado sobre los hombros, completaban su figura.
   El si es nudista, yo le acompaño a veces a la playa—
Ahora si, con mis ojos adaptados al sol, lo reconocí. Era uno de esos especimenes musculosos que pasaban las mañanas jugando a las palas y al terminar corría, como un poseso, por la playa hasta La Arena. El si me sonaba, aunque solo de vista.
   Me voy a jugar, nos vemos luego—
Quedamos los tres bajo la sombrilla y el ángel del silencio que nos acompañaba desapareció. Empezamos hablar de todo. Del tiempo, de la playa, las amigas. Se embadurnaron de crema, bebieron agua, comieron algo de fruta, se levantaron y me invitaron a dar un paseo por la orilla.
Éramos tres mas en un mar de nudistas que iban y venían, que disfrutaban del sol que, de vez en cuando se daban un rápido chapuzón.
Regresamos a comer bajo la sombrilla, ellos empanada y tortilla nosotros. Nos adormilamos, volvimos a pasear. Al rato se levantaros y se despidieron, algún problema tenían en casa.
Antes de partir Ana se me acerco y como algo lógico y natural me dijo.
   Sabes José Luís, eres el único en la playa que no tiene depilados los genitales. La próxima vez que vaya por vuestra casa lo solucionamos. —
Se marcharon. Quede con su cuerpo desnudo en mi retina y la ilusión de volverla a ver otro día tal como hoy. Su ofrecimiento cayó en el pozo del olvido.
Ella no se olvido.
   Hoy os toca a los dos—, fue su presentación cuando, mes y medio más tarde apareció por casa.
Ni Rosa ni yo recordábamos su proposición pero ella se empeño en hacerla patente.
   Primero la señora y luego el caballero— dijo con una sonrisa medio picarona mientras entraba en la habitación y se colocaba la bata de trabajo.
Rosa apareció desnuda entro y cerró la puerta. Quede jugando con el ordenador y pensando si su ofrecimiento seria una realidad o un simple brindis al sol.
   Ahora tu José Luís —. Pues si, venia dispuesta a depilarme.
    Desnúdate y túmbate en la camilla — comento mientras salía, con una palangana, en buscar agua caliente.
Me desnude y la espere, cubriendo mis partes pudendas con una pudorosa toalla.
Llego y lo primero que hizo fue despojarme de la misma, luego me tumbo y a continuación me enjabono, a conciencia, mis intimidades sin ningún tipo de reparo. Tan pronto frotaba mi sexo como se recreaba con los genitales.
   Tranquilo, ya te vi. en pelotilla en la playa y esto es totalmente profesional, si te pones algo cachondo es normal a todos nos pasa—
Algo no, bastante tirando a mucho. Ella seguía enjabonándome y yo empecé a ver que bajo la bata no llevaba nada, o al menos sujetador, No pude seguir investigando pues, de repente note el frió de la cuchilla que iniciaba, primero una labor de desbroce y luego otra de afinado y limpieza. Poco a poco la masa negra pilosa de mi entrepierna iba desapareciendo. Ella a lo suyo. Inclinada sobre mi, maquinilla en mano iba eliminando la espuma y el pelo. Sin quererlo, o queriéndolo, en cada movimiento dejaba mas a mi vista  la evidencia que bajo la bata no llevaba nada y que sus pechos, desnudos, se mantenían cada poco tiempo ante la visión divina de mis ojos. No parecía importarle.
   Ves como no ha sido para tanto, ya terminamos. Ahora te lavo y aplico crema hidratante para que no escueza—.
Sentí  como una esponja tibia iba  eliminando pelos y espuma. Sin más preámbulos, sus manos, embadurnadas de crema, empezaron a masajearme el sexo y los genitales,  mas como algo sexual que profesional. Fue entonces cuando desconecte y a ella le debió pasar algo de lo mismo.
Mientras seguía trabajándome los bajos, inicie una aproximación hacia la parte inferior de su bata y sin nada ni nadie que lo impidiera fui ascendiendo por su entrepierna. Estaba, como imagine, sin nada, empapada, abierta, ofreciéndose a mis caricias. Al amparo de una depilación estival estábamos llegando a una masturbación  conjunta y consentida.
La novedad y lo imprevisto acelero mi orgasmo. Un flujo de semen se esparció entre los restos de espuma, la crema hidratante y sus dedos.
Me limpio con delicadeza y mientras me besaba en los labios susurro.
         —Otro día será mejor—.
Quede sobre la camilla y mientras desaparecía.
         —Deja de vaguear y levántate— oí decir a Rosa.
—Acuérdate  que tienes que preparar la cena y me habías prometido tostas de huevos de codorniz, con jamón sobre fina cama de aguacate.